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Juan Bautista Bairoletto
HISTORIA

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parte 10, parte 11, parte 12, parte 13.


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Bairoletto aparecía y desaparecía como la luz mala, murmuraban los pueblerinos. El incesante desplazamiento entre chacras y montes requería que viajara bien montado, cosa que lograba con la complicidad de muchos que le daban cobijo y le recambiaban los caballos. Estos rápidos movimientos casi de “posta” le permitían a Bairoletto desplazarse como un rayo por los desérticos campos en busca siempre, de justicia para los más humildes.

En la Estancia La Criolla, 5 de Febrero 1926

Una noche como tantas Juan decide darse una vueltita por el prostibulo y casualmente conoce a un tal Eusebio Espíndola, quien lo estaba buscando desde hacia un tiempo, hecho que él ignoraba. El tema era que Espíndola andaba con ganas de vengarse del gallego Bernabé Hornes, dueño de la estancia La Criolla, por que le había quitado la mujer en los tiempos que él trabajaba como peón en el establecimiento, hecho que Juan desconocía. Este le pasa el dato que Bernabé había vendido ganado por la suma de10.000 pesos, a lo que Juan decide colaborar en el plan de ir a robarle, con la complicidad de uno de los actuales empleados e informante, un tal Joaquín Ortiz.

Juan conocía a Hornes por los comentarios de los puesteros que lo consideraban un explotador, y la mayoría le tenían mucha inquina. Al día siguiente, apenas despuntó el amanecer Juan y Espíndola se dirigieron hacia la estancia, con gorras y los rostros tapados con pañuelos. Refugiándose detrás de unos árboles esperaron atentamente la señal del cómplice Joaquín, que se encontraba en los alrededores de la casa. Joaquín ató los perros y con un fino silbido que se escucho claramente avisó a Juan y a Espindola para que ingresen al casco de la estancia. Estos entraron y tomaron por sorpresa a Hormes exigiéndole el dinero. Ante los gritos y disparos de advertencia su mujer fué a ver lo que pasaba siendo golpeada brutalmente por Espíndola. Hornes al intentar defenderla fue despiadadamente asesinado por esté, con un tiro en la cabeza. Ahí es cuando Juan se da cuenta que lo único que buscaba Espíndola era venganza, pero ya era demasiado tarde. Busco el dinero pero nada halló, entregándole la mujer 170 pesos que era lo único que tenía. Ante esta situación Juan huye del lugar. La trampa en que había caído le podía costar su libertad y decide refugiarse por más de un año en la ciudad de Buenos Aires. Los demás cómplices fueron detenidos y Juan quedó en calidad de prófugo.

El tiempo pasaba y nada se sabia de Juan...

Aunque muchos conocían su paradero, la lealtad hacia él era incondicional, por lo tanto Juan estaba muy a salvo. Era el mes de Junio de 1927 cuando decide regresar, ya no aguantaba mas seguir viviendo en la ciudad, extrañaba su vida de plena libertad y aire puro, además el dinero que tenia ahorrado se le estaba acabando.

La primer noticia de que él se encontraba en la zona se debió a la ayuda que le ofreció al poderoso estanciero Don Julio Iluminatti. De regreso a su campo su coche se le queda encajado en el camino, su intento por sacarlo de la zanja fué inútil. Cuando ya sé había resignado a regresar a pie vio de pronto aparecer entre el monte un jinete muy bien montado que se le acercó y le ofreció darle una mano. Superado el inconveniente con la ayuda del caballo, Don Julio le quiso pagar el favor, hecho que no aceptó, invitándolo a que lo visite en la estancia. Por último y antes de despedirse revela su identidad, a lo que Don Julio intuía dado sus características, y le promete una visita para charlar. De ahí en más se convierte en su defensor comentando en el pueblo lo que había vivido y procediendo a vender los dos revólveres que llevaba siempre bajo el asiento “para defenderse de Bairoletto”, alegando que dado como se manejaba si lo hubiese querido asaltar o matar nada hubiese podido hacer para impedírselo.

Allemandi busca su muerte...

La anécdota de Don Julio Iluminatti se conoció rápidamente en el pueblo de Caleufú, y despertó ciertas controversias entre sus pobladores, y más viniendo de un hombre considerado culto y de un alto concepto social. Tal es el caso de José Allemandi que odiaba a Juan y no veía la hora de verlo entre rejas. Dueño de un boliche y almacén en la zona rural del pueblo, en esos días había pasado Bairoletto a comprar algunos víveres y balas, dejándole pendiente un encargue que pasaría a buscar la semana próxima. Ante esta afirmación decide ir a la comisaría del pueblo para avisarles a fin de que procedan a su detención. Con tal mala suerte que en ese momento se encontraba realizando una denuncia Florencio Serrano, un carrero amigo de Bairoletto, que escucho el diálogo y que apenas terminado el trámite fue en su búsqueda a fin de alertarlo.

Allemandi, al salir de la comisaría fue a tomar un trago al boliche del pueblo y con su habitual arrogancia, comentó: “Lo que pasa es que Don Julio es un cobarde, yo en cambio no le tengo miedo a Bairoletto, es más si me enfrento con él lo mato”. Allemandi, además de vender en su boliche tenia la costumbre de salir a vender por las chacras con un sulky llevando atado atrás un caballo con montura con propósitos “non santos”. Al menos en una oportunidad, con el rostro tapado y vestido a lo “Bairoletto”, emboscó a unos viajeros robándoles todas sus pertenencias, con tal mala suerte que uno de los pasajeros era un tal Fornero, pariente lejano de Juan quien se dió cuenta inmediatamente que no era él, “sus ojos azules hundidos eran inconfundibles”.

Enterado Bairoletto de todo, decide ponerle un corte a la situación y sale en su búsqueda. Allemandi, moría a los pocos días como resultado de un operativo tipo comando llevado a cabo en un camino vecinal, quedando como testigo de los hechos su cuñado Francisco Espinosa, único acompañante, quien relató que ya de regreso hacia el pueblo en el sulky, fueron interceptados por dos jinetes armados con los rostros tapados, que surgieron sorpresivamente entre los caldenes que rodeaban el camino. Que ante los hechos Allemandi comenzó a dispara con su Winchester, recibiendo un certero tiro en la cabeza. Que ante sus gritos desesperados de que se encontraba desarmado, lo hicieron bajar y procedieron a llevarse gran parte de las mercaderías a la que acomodaron sobre el alazán ensillado que llevaban atado al sulky, retirándose airosamente y con rapidez del escenario del crimen esfumándose entre la arboleda.

La actitud tomada por Bairoletto en esta ocasión dejaba bien asentado que no estaba dispuesto a aceptar ni delatadores, ni traicioneros, dados que este tipo de personas ponían en juego su libertad, algo que él defendía sin limites.

El proceder de la Policia ante su presencia:

En Ing. Luiggi, Bairoletto se encontró con un viejo amigo Don Salvador Blonda quien lo invita a almorzar, aceptándole dado que hacia un buen tiempo que no se veían. Al entrar al boliche se cruzaron con un policia que estaba de recorrida, a lo que Don Salvador lo invitó a compartir la comida, la cual acepta. Al rato Juan Bautista le preguntó: ¿Anda campeando a Bairoletto, mi amigo? A lo cual el uniformado le contesto que sí. Juan le respondió: “ Coma tranquilo y no lo busque más por que Bairoletto soy yo... eso sí sáquese la gorra para comer, porque yo gorra chata que veo, gorra chata que volteo”. El milico cambió de color, y con mucha incomodidad terminó de comer y se fué. Don Blonda preocupado le dijo que se fuera por que el milico seguramente buscaría refuerzos para detenerlo. Lo que Juan le respondió: “Quédate tranquilo Salvador que éste milico con el susto que se llevó no le cuenta nada a nadie”...

Y así fué... ya nadie lo podía detener, le tenían pánico. Juan lo sabía, y esto le permitía trasladarse con total impunidad.

Esta historia continuará...

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