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Juan Bautista Bairoletto
HISTORIA

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parte 10, parte 11, parte 12, parte 13.


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En este capítulo les seguiré narrando las andanzas de este legendario personaje, que a medida que va avanzando su vida, como verán, crece en ímpetu, temeridad y rebeldía. Actitud que se va a ir gestando en él, basada fundamentalmente, en la seguridad absoluta de impunidad que le otorga las actitudes huidizas y temerosas de las autoridades frente a su demoledora presencia.

Fue precisamente en un boliche en Realicó, donde en pleno día llega un hombre rubio, ojos azules, vestido de bombacha, camisa, pañuelo al cuello y sombrero, todo de negro. Luciendo un cinturón de cuero de donde colgaban dos cartucheras con sendos revólveres apenas lo vio el dueño del boliche lo identificó inmediatamente, lo conocía por las fotos que estaban diseminadas en distintas localidades dado que era el prófugo mas buscado por la justicia. Casualmente en el lugar se encontraba el encargado del destacamento, con dos de sus oficiales, tomando un trago. Al entrar Juan, observó por un instante los presentes, distinguiendo a los policías por sus vestimentas. Pidió una cerveza, la que bebió con tranquilidad, pagó y se retiró. El bolichero intrigado, apenas Juan se fue, se acerco a la mesa que ocupaban los policías preguntándoles si lo habían reconocido, a lo que el comisario respondió que sí, agregándole: “A Bairoletto no lo paran tres policías solos, y si salgo a buscar refuerzos, el tipo se esfuma y después un día cualquiera se aparece y nos asesina así que lo mejor es no reconocerlo”.

La muerte de Juan Molina

La Cautiva era un antiguo almacén ubicado en la costa del Salado, propiedad de Feliciano Lanas, que tenia como encargado a Ramón Molina. Ramón se había declarado públicamente enemigo de Bairoletto, y siempre comentaba a sus clientes que el día que intentara asaltarlo le iba a dar su merecido, haciendo demostraciones de su infalible puntería con una fila de botellas. Molina junto a su familia vivía en el fondo del almacén, en donde el dueño le había construido una casa, para que quedara como sereno. Bairoletto, enterado de sus dichos, decide averiguar si era tan guapo como decía ser y esa misma noche junto a tres compañeros de andanzas, bien armados, deciden asaltarlo. Al atardecer, se dirigen rumbo a La Cautiva y amparados por la oscuridad en plena noche ya frente al almacén proceden a esconder los caballos, pero su presencia es inmediatamente captada por los perros que ladrando salieron a su encuentro. En tanto, Molina alertado por los ladridos, busca su arma y sale a ver que pasaba. Juan observa los movimientos y logra esconderse junto a sus secuaces detrás de un matorral. Al no ver nada sospechoso regresa a la cocina junto a su esposa y a sus cuatro hijos, dejando la ventana de la puerta abierta. Cuando de golpe sienten una voz: “¡¡Nadie se mueva, esto es un asalto, abran la puerta sin hacer ningún movimiento raro!!”, a lo que Molina se levantó de un salto y tomando el arma, que había dejado sobre la mesa, apretó el gatillo varias veces parapetándose detrás de un mueble mientras el resto de su familia se tiraban al piso, suplicándole su mujer a los gritos que se entregara. Los disparos de Molina solo sirvieron para agravar la situación y acelerar la decisión de los asaltantes, que respondieron con una descarga de varios tiros que atravesaron la puerta, intimándolo a rendirse si quería salir con vida. Pero Molina no estaba dispuesto a entregarse y se dirige sigilosamente hacia una puerta lateral de la casa con el objetivo de tomarlos por sorpresa, pero al intentar abrirla, el chirriar de las bisagras pone en alerta a Juan que dispara instintivamente hacia el sonido, atravesando una lluvia de proyectiles la puerta provocándole una herida mortal en el pecho a Molina.

Su mujer presintiendo lo sucedido, toma un farol y decide ir a auxiliarlo, pero Juan la detiene apuntándola con el arma y la obliga a que le entregara todo el dinero. La mujer llorando desconsoladamente y en crisis al ver a su esposo tendido en un charco de sangre le indica el lugar sin resistirse. A lo que los maleantes la obligan a que los acompañe. Ya encontrándose dentro del almacén no solamente se conformaron con el dinero sino también se surtieron de sombreros, medias, bombachas, rebenques, riendas, botas, tabaco y algunas provisiones, dado que les esperaba un largo viaje, dándose a la fuga cobijados en la espesa oscuridad de la noche.

Infructuosa Persecución...

Ante la noticia, la policía de Limay Mahuida no hace ningún intento por detenerlos, poniendo como excusa, que ya habían pasado mas de seis horas de los hechos y seguramente ya estarían muy lejos como para atraparlos. De todas maneras arman un plan para alertar a la policia de los pueblos vecinos, suponiendo que dado lo cargado que se encontraban los caballos con la mercadería robada, no podían estar muy lejos, y de esa manera se sacaron la responsabilidad de encima frente a la gente del lugar.

En la zona de El Poleo, Juan decide tomarse un descanso y repartir el botín entre sus secuaces, los cuales inmediatamente deciden tomar caminos distintos. Juan, ya descansado y comido decide dirigirse camino a Toay y a pleno galope divisa a un amigo del camino que estaba arreando unos caballos, se acerca a saludarlo. Este al ver el estado de agotamiento de su alazán le ofrece cambiárselo por el de él, a fin de que pudiera seguir sin complicaciones, a lo cual Juan por la atención le deja algunas provisiones. Pero, mientras conversaba con su amigo es visto por un policia que andaba tras sus pasos, e inmediatamente alerta a la comisaría de la zona. El comisario informado deciden recurrir a la buena voluntad de un vecino que tenia un coche Rugby y organiza rápidamente una patrulla de rastrillaje con el fin de capturar a Bairoletto. Asignando la labor a un sargento, un cabo y dos agentes para realizar el operativo y usando como chofer al dueño del vehículo. Partiendo sin perder un segundo mas a toda velocidad rumbo a la zona indicada.

Al rato de andar, divisaron a un jinete que a galope tranquilo marchaba y por las características no cabía duda que se trataba de Juan. A lo que el sargento, casi con voz de alto, sugiere parar la marcha, alegando que “sentía un ruido raro en el motor”. El conductor, obedece y procede a revisarlo, comunicándole que nada anormal encontraba, y deciden seguir camino. Al rato de andar, el jinete que se alejó cuando el auto se había detenido, se lo vuelve a divisar, a lo que el conductor acelera para poder alcanzarlo. Entonces, el sargento insiste que nota que el motor no funciona correctamente y le dice: “Hágame el favor de revisarlo como la gente, no vaya a ser que fundamos el motor y nos quedemos a pie en el medio de la nada”. El conductor se detuvo, y revisó minuciosamente el motor y al no encontrar ningún desperfecto, lo miró al sargento que se encontraba junto a él, y le dice: “Mire sargento yo no encuentro nada fuera de lugar, para mi todo esta funcionando bien”. El sargento mirándolo con firmeza a los ojos le responde; “Usted quiere seguir con vida o prefiere que Bairoletto lo mate”. A lo que respondió: ”No señor, no quiero morir”. Sugiriéndole el sargento: “Entonces, dele tiempo al hombre a que se pierda en el monte, así nosotros regresamos sanos y con dignidad de haberlo perseguido a toda marcha, pero sin poderlo alcanzar, le quedo claro?...”

La policía prácticamente había renunciado a detenerlo por que temían por sus vidas. Eran muy conscientes que el día que se enfrentaran a Bairoletto, por el manejo de las armas que tenía, su instinto asesino ante el ataque y el odio que tenia hacia ellos, las posibilidades de sobrevivir eran casi nulas.

Esta historia continuará...
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