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Mate Cocido
HISTORIA

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PARTE 7

Tenían toda la policía atrás y lo sabían, tanto Mate Cocido como el Calabrés. El círculo de contactos que le brindaba protección, en Resistencia y Sáenz Peña, se reducía a medida que pasaban las horas. El temor a ser apresados era una sombra que los perseguía tanto a ellos como a quienes les brindaban refugio en sus precarias casas.
No obstante, a esta realidad amenazante que le venía pisando los talones, Mate Cocido acude -sin medir consecuencias- a la cita establecida con el Calabrés a principios del mes de Julio de 1926. Con el único objetivo de despistar a sus perseguidores habían decidido tomar caminos distintos y convenían citas periódicas. Pero esta vez al encontrarse, luego de una larga conversación, deciden salir del país momentáneamente. La determinación la toman con la esperanza de que la policía ante el fracaso de no dar con sus paraderos se resigne y los deje en paz por un tiempo. Y eligen a la ciudad de Asunción, creyendo que allí encontrarían un poco de tranquilidad.

Su detención

A los pocos días de su estadía en Asunción, confiados que toda marchaba a la perfección, fueron apresados por la policía paraguaya. Hasta allí había llegado el pedido de captura y los tomaron tan de sorpresa que se tuvieron que entregar sin poner resistencia. Tal vez ésta habrá sido la gran lección que Mate Cocido aprendió para no olvidarla jamás, “no alejarse del ámbito operativo, sin estar seguro de encontrar ayuda en casos extremos ”.
Cumplidos los trámites de extradición, cuatro agentes argentinos de seguridad buscaron a los prófugos y los trasladaron esposados a Resistencia el día 19 de agosto de 1926. Acusados por robos y hurtos reiterados fueron condenados, juicio de por medio, por el tribunal de Resistencia a seis años de prisión.
Ingresando Mate Cocido el día 4 de Noviembre 1926 al Penal de Resistencia, acompañado de una total desolación e impotencia. Lleva consigo un atado de ropas y un colchón como únicas pertenencias.

La prisión

La penitenciaría central del Chaco, lugar donde fue recluido Mate Cocido, estaba para entonces ubicada frente a la plaza 25 de Mayo, donde hoy se levanta la Casa de Gobierno.
La cárcel, según narra la gente que ha tenido la desdicha de pasar por esta experiencia, es un mundo inimaginable para quienes no lo han vivido y lleno de misterios viciados de traición, odio, resentimiento y bajos instintos a flor de piel cuyo encuentro sacude al hombre mas fuerte que frente a esta realidad adquiere una coraza de protección para poder subsistir en ese submundo.
En ese purgatorio, de paredes oscurecidas y mohosas, se presentan inevitablemente las pesadillas más crueles con la que se tiene que aprender a vivir a diario para poder abrir los ojos cada mañana. Los muros altísimos, que los envuelven como zarpas filosas a los presos, los hunden con la fuerza de un huracán al mismísimo infierno. Las ventanas protegidas de barrotes de fierro dejan ver el cielo, logrando irremediablemente que sus sueños de libertad se quemen rápidamente como hojas resecas, resultando ser una cachetada violenta regresándolos a la triste y humillante realidad.
Por sobre la uniformidad de la rutina diaria, se percibe en las celdas, en los pasillos y en todos los rincones un ambiente entremezclado de dolor, furia contenida y desolación que estremece los ánimos más templados. Los detenidos presentan allí facetas múltiples de personalidad como por ejemplo débiles a los que el cinismo hace fuertes; desalmados a los que a veces se los ve llorar como niños; corazones nobles y bondadosos dotados de una extraña resignación para mantenerse puros entre los canallas. Moldeándose generalmente, al pasar el tiempo en prisión, temperamentos de disimulada abnegación, que sólo esperan pacientemente salir del infierno. Sin intenciones de regenerar su vida sino más bien limar errores pasados para no caer nuevamente en prisión.
A esta última especie pertenecía Mate Cocido. En la planilla carcelaria, se lo clasifica como un “preso vulgar: ni tan bueno para demostrar una regeneración, ni tan malo frente a los guardianes a quien obedece sus ordenes. Ningún intento de fuga. No participaba de discusiones y peleas: pero tampoco acepta la opción de trabajo en los talleres. Inclinado al juego con otros presos”.
En cinco años de reclusión, la existencia de Mate Cocido trascurrió sin incidente ni percance sobresaliente.
Pero sus cambios fueron fundamentales marcando un momento clave en la historia del personaje. Sobre todo, se vinculó con mucha gente de la mafia que al recuperar su libertad se convertirían en integrante de su banda. Y es aquí, en la cárcel donde conoció a Eugenio Zamacola apodado “El Vasco”. Nacido en Vizcaya, España, el 5 de Marzo de 1904 y llegado a la Argentina en 1923.
Zamacola procedía de una familia de anarquistas, aunque por su cuenta se dedico al contrabando y anduvo por diversas provincias. En 1930 cayó preso acusado de abuso de arma, robo, hurto, violación de domicilio y tentativa de robo en La Verde, por lo cual se le impuso una condena de 3 años de prisión.
Su gran transformación
En la cárcel de Resistencia fue donde maduró la idea de formar una nueva banda encabezada por Peralta. Echo que con el tiempo causó sorpresa debido a que el tucumano contaba con menos antecedentes que Zamacola y Rossi alias, “El Calabrés”.
Mate Cocido a primera vista no inspiraba nada especial. Medía 1,65 de estatura, era de cuerpo esmirriado, pálido y de expresión quejumbrosa, “con la cabeza torcida hacia la derecha”, según su prontuario. Sus señas particulares eran una “cicatriz cortante de seis centímetros sobre su frente y una anquilosis en el dedo índice de su mano izquierda producida por una bala”. Si bien su imagen no era la de un jefe de banda -o por lo menos lo que uno imagina- tenía una capacidad e inteligencia superior que se destacaba sobre los demás. Y a la hora de presentar proyectos sobre los asaltos a realizar sorprendía y despertaba admiración entre sus pares. Aptitud mas que suficiente para lograr que lo nombraran líder indiscutido de la banda.
Peralta era mas bien callado, pero no necesitaba hablar para imponer su mando, una mirada alcanzaba para poner las cosas en su lugar. Ese mutismo que lo acompañaba lo envolvía en un alo de misterio provocando entre los hombres que estaban a su servicio, mayor respeto.

Su liberación

El 11 de julio de 1931, tras cinco largos años de encierro, Mate Cocido recupera su tan soñada libertad, dejando atrás el penal de Resistencia. Tanto “El Vasco” como “El Calabrés” habían sido excarcelados previamente y lo esperaban en Sáenz Peña. Pero él tenía planes de visitar, antes de entrar en acción, a su madre para llevarle tranquilidad con su presencia.
Al fin, Segundo David Peralta puede mirar el cielo sin que se interponga a la vista la infame imagen de los barrotes de hierro que cortaban de raíz sus aspiraciones.
Al salir del infierno prolongado que le toco vivir, cruzó la plaza 25 de Mayo apresuradamente como temiendo que algo o alguien lo detuviera, casi sin aliento. Pasado el estupor, detiene su caminar y empieza a observar a su alrededor, comprobando que todo volvía mágicamente a la normalidad. Pero él, ya no era el mismo que había ingresado al penal. Ante todo se había jurado nunca más volverá a estar en prisión, no obstante que su vida delictiva alcanzará, de allí en adelante, los extremos más osados. Objetivo determinado en sus largas noches insomnes en prisión. Tampoco volvería a ser el infeliz que acata o elude las citaciones de la Sección “robos y hurtos”, sino el maleante dispuesto a cualquier enfrentamiento. Envuelto en pensamientos, y encontrándose caminando sin rumbo recordó que tenía un lugar donde lo esperaba un tal José, del que se había hecho muy amigo dentro de la cárcel, y que había recuperado la libertad unos meses antes. Su idea era pasar tres días para descansar y adaptarse a su vida en libertad y luego hacerse una escapada a Tucumán a fin de ver a su tan amada familia.
Los planes de Mate Cocido abarcaban, como podrán dilucidar, mayores aspiraciones. Para lograrlo, era consciente que debía utilizar tácticas mas premeditadas, con el fin obtener mayores recompensas de su accionar delictivo. Y para conseguir estos objetivos él sabia que era preciso una organización de hombres capaces que respondan a sus ordenes, y no ya meros compinches de robos improvisados. Muchos planes rondaban por su cabeza. Tenía la gente que lo acompañará casi determinada. Solo faltaba llevar sus planes a la realidad. Y en el próximo capítulo entrara en acción con mas ímpetu que nunca.


Esta historia continuará...


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